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FÚTBOL, POLÍTICA, DERECHOS HUMANOS

KIEV

por Ezequiel Fernández Moores. Para “canchallena.com.” la Nación. 26 de febrero 2014.

«¡Gloria a Ucrania!», grita Oleh Tyahnybok, líder del partido Svoboda (Libertad). «Aplaudamos a los heroicos hinchas de DniproCherkasy, KarpatyLviv y Vorskla Poltava! Aquí es donde comenzó la solidaridad. Aquí es donde comenzó el patriotismo!». Cerca de allí están los hinchas del Dinamo Kiev, también ellos custodios de la plaza. «Convocamos a defender a Kiev de estos bastardos traidores», habían escrito días antes en el sitio vKontakte. Los apoyaron primero los hinchas de Dnipro Dniprotepevsk. Y luego fanáticos de otros ocho clubes: Zorya Lugansk, Shakhtar Donetsk, Metallist Kharkiv, Metallurg Zaporizhya, Tavriya Simferopol, Vorskla Poltava, Chernomorets Odessa y Sevastopol. Los hinchas olvidaron rivalidades y se unieron a los grupos de autodefensa para ser fuerza de choque en Maidán, la céntrica Plaza de la Independencia que combatió en Kiev para defender a los estudiantes, expulsar a los matones del gobierno y lograr la caída del presidente ucraniano Viktor Yanukovich. Las crónicas desde Kiev saludan su gesta. Menos de dos años atrás, en vísperas de la Eurocopa que se jugó en Polonia y Ucrania, los barras bravas del fútbol ucraniano eran descriptos como los más racistas y antisemitas de Europa. Hoy son guardianes de la democracia.

No sorprendió la presencia de los barras del Karpaty Lviv. Son de la región occidental que, según los historiadores, simboliza al nacionalismo ucraniano. Los Banderstadt, como se los conoce, suelen llevar a la cancha carteles que dicen «Una raza, una nación, una patria», slogan de Svoboda, el partido de ultra derecha que sorprendió con un 10 por ciento de los votos en las últimas elecciones parlamentarias y cuyo ícono es Stepan Bandera, héroe nacionalista, pero acusado de colaborar con los nazis y asesinado en 1959 por la KGB. En los alrededores del estadio de Lviv se han visto pintadas contra «la mafia judía de Moscú que gobierna el país», como la llamó una vez Tyahnibok, líder de Svoboda. El 6 de setiembre pasado, en la goleada 9-0 ante San Marino, por eliminatorias del Mundial, sus hinchas hicieron saludos nazis y lanzaron gritos de mono contra el brasileño-ucraniano Edmar. La FIFA calificó de «vergonzosos» los incidentes y obligó a Ucrania a jugar su partido siguiente a puertas cerradas. Sorprendió, en cambio, la presencia en Maidan de los barras del Dinamo Kiev y el Shakhtar Donetsk, los dos clubes más populares del fútbol ucraniano. Yanukovich es de Donetsk y el Shakhtar pertenece a su aliado Rinat Akhmetov, el hombre más rico de Ucrania, quien tomó el club en lugar del oligarca Oleksandr Bragin, asesinado en 1995 con una bomba dentro del estadio. «Vinimos a la plaza para combatir contra el régimen», afirmaron sus barras en un comunicado. Y Petro Poroshenko, otro de los líderes de la oposición, agradeció públicamente su presencia en Maidam.

La sorpresa mayor en la plaza, escribieron David McArdle y Manuel Veith, especialistas ambos en el fútbol de la Europa del este, la dieron sin embargo los barras del Dinamo Kiev. «Estamos aquí por nuestro país, por nuestro honor». El comunicado tomó distancia de los políticos opositores, incluídoVitalyKlitschko, el campeón de boxeo peso pesado. Aspirante a presidente para las próximas elecciones del 25 de mayo con su partido UDAR, Klitschko, claramente pro-europeo, pasó un momento difícil la semana pasada cuando buscó calmar a la gente en la plaza anunciando un primer acuerdo político de la oposición con Yanukovich. Es ídolo indiscutido en Ucrania. Pero los manifestantes lo increparon, mostraron ataúdes con los cuerpos de las víctimas de la protesta y le dijeron que seguirían allí hasta que cayera el presidente. No eran los estudiantes que habían iniciado las protestas contra la corrupción y el autoritarismo de Yanukovich. Eran miembros del llamado Sector de Derecha (Pravy Sektor), bastión de los grupos de autodefensa de Maidan. Ellos pusieron el cuerpo junto con los barras para hacer frente a la sangrienta represión ordenada por Yanukovich. Dos años atrás, un notable documental de Chris Rogers en la BBC, «Euro 2012: Estadios del odio», informó sobre la peligrosa combinación de partidos nacionalistas y fanáticos racistas y antisemitas. Ambos grupos lucharon con bravura en Maidan. Pasaron a ser combatientes de la libertad.

La historia de un equipo de fútbol, justamente, gráfica la complejidad de Ucrania, estado independiente desde el derrumbe de la URSS, aunque muchos de sus habitantes mantengan el ruso como su primer idioma. El drama, un horror tras otro horror, sucedió en 1942, en plena ocupación nazi, ya pasadas la hambruna y las deportaciones del estalinismo. Es la conocida historia del Dinamo Kiev que, bajo el nombre de FC Start, se negó a perder el llamado «Partido de la Muerte» contra el Flakelf, el equipo de la Luftwaffe. En lugar del «Heil Hitler» de rigor, los jugadores del FC Start desoyeron en el vestuario la orden de perder, llevaron sus brazos al pecho gritando el slogan soviético «Fitzcult Hura» y ganaron 5-3. Al partido siguiente, en pleno campo, y aun vistiendo sus camisetas y botines, los jugadores fueron fusilados por los nazis. Otros murieron en sesiones de tortura. Así lo dijo durante décadas la historia oficial, libros y placas incluidas, que homenajearon al «equipo de la resistencia». La caída del Muro y un libro del periodista británico Andy Dougan (Defendiendo el honor de Kiev) descubrieron otra historia: que no hubo fusilamientos sino que la mayoría de los jugadores murieron años después en campos de concentración; y que los tres únicos sobrevivientes, vaya ironía, fueron acusados por el stalinismo de haber «confraternizado» con el enemigo por haber jugado con equipos del nazismo. Fueron perdonados a cambio de silencio. El Dinamo Kiev, ganador de 13 Ligas y 9 Copas soviéticas, hizo historia cuando en 1961 se convirtió en el primer campeón de la URSS fuera de Moscú. En los ’70, según escribió Jonathan Wilson en su libro «Detrás de la cortina», el Dinamo del DT Valeri Lobanovsky fue la versión comunista del fútbol total holandés. Quince títulos de 1975 a 1986, incluidas tres copas de Europa, con un admirable juego de presión y movimientos colectivos. «¿Has visto volar a las abejas? Cuando la líder se mueve a la derecha la colmena gira a la derecha», graficó una vez el profesor Anatoli Zelentsov, ayudante clave de Lovanobsky, el DT héroe del fútbol ucraniano, con monumento incluido en las puertas del estadio. Un estadio que, igual que el de Lviv, también fue suspendido hace apenas meses por los coros racistas de sus fanáticos.

Desesperados por las noticias de muertos y represión el último jueves en Kiev, esquiadores ucranianos quisieron abandonar los Juegos invernales en la cercana Socchi y sumarse a las protestas en la plaza. Sergei Bubka, ex-campeón mundial en garrocha, actual presidente del Comité ucraniano (Olímpico. La Redacción) y ex-diputado del depuesto presidente Yanukovich, logró retenerlos. El Comité Olímpico Internacional (COI) invocó la Carta Olímpica y les prohibió competir con brazaletes negros, en homenaje a las víctimas. El COI, eso sí, felicitó a Vladimir Putin en la hermosa ceremonia de clausura, el domingo pasado, en medio de números de Bolshoi, música de Rachmaninov y tributos a Tolstoi y Kandinsky. Por primera vez en su historia, incluyendo la era soviética, los Juegos de Invierno dejaron a Rusia en el primer lugar del medallero. Pero mientras Socchi vivió una fiesta colorida y millonaria, Rusia perdió un aliado clave. Ya no hay tregua olímpica que respetar. Y Putin, según temen muchos analistas, seguramente responderá con algo más que barras bravas de fútbol.
Nota: La Redacción si bien, no analiza la presente nota, la publica íntegramente dado que contiene un análisis –subjetivo y más objetivo- que vale la pena leer.

Secretariado de la R.C.U.

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