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Paleta de Colores

Bernal, 2019.

Un arcoíris enorme me saluda mientras unas nubes pálidas avanzan despacio cabeceando como globos, luego de una mañana lluviosa y con relámpagos luminosos. Un arco pleno de colores relajantes…  amarillo miel, verde lima, naranja salmón… una pincelada de azul aguamarina, lila violáceo y rosa pastel.

 

                Me encamino hacia la casa de mi sobrina- siempre con su entusiasmo amoroso- con precaución, sorteando charcos y ramas arrastradas por el agua. El asfalto brilla silencioso.

                Sonrío pensando en que, al entrar en el porche – mis dulces sobrinitos nietos, compañeros de tertulias- saldrían a mi encuentro, con su afecto desbordado de sonrisas perfumadas, y me llenarían de besos pero, sólo me recibe Nadía (Esperanza), su perrita color chocolate; cariñosa y empática brinca como una niña, reclamando compañía- imposible no sentir ternura-la mimo en voz alta, me mira deferente con ojos humanos y con una risita bondadosa.

 Toco el timbre. Las ventanas, cerradas por postigos de madera. Miro en derredor…un discreto silencio. Un ceibo en flor y en el fresco de sus hojas, un gato amarillo despatarrado durmiendo.

– ¿Por dónde andan? -me pregunto con un gesto de asombro palpitante.

 Paseo la mirada en detalle, por las hipnóticas y coloridas orquídeas que cuelgan del tronco de un duraznero; veo, a través de los estrechos hierros de la verja, una nota- una hoja de carpeta-. Me acerco y leo:

 ¡Ya volvemos, Isha ! Fuimos a la casa de nuestra abuela. Te tenemos preparada una sorpresa para hoy.

                Una ráfaga de curiosidad y expectativa se apodera de mí.

Finísimos hilos dorados de sol iluminan mi rostro; los árboles centenarios a lo lejos parecen sombras.

Contemplo profundamente la belleza de la Naturaleza  aquí y ahora; siento la voluntad de dibujarla con un lápiz y recrearla con verdes, lilas y amarillos arremolinados…crisantemos, violetas, nomeolvides… glicinas apoyadas sobre frondosos helechos trepan por la pared hasta el techo y se alegran por las noches con luces tornasoladas. Un diminuto colibrí aletea; en su plumaje, conjugados todos los colores del arcoíris en los matices más vivos que un artista pueda imaginar. Me contagio de la luz circundante; deseo contarle mis vivencias al viento.

                Mientras espero pensativa, con un tenue suspiro y con el corazón colmado de ansiedad, colecciono recuerdos; ellos viven, son palabras. Busco un lugar cerca del muro, me siento en el suelo y saco un chocolate del bolsillo.

                Parpadeo y trenzo con amor rincones de la memoria del jardín huerto de mi madre- bordado de trinos de ruiseñores y tapizado con alfombras de azucenas, jazmines, rosas, dalias y fresias- una mujer con ojos  celeste cristal e ideas tan altas como las estrellas; asistía con ternura infinita el crecimiento, desarrollo y nacimiento del primer brillo amarillo anaranjado de las flores de la calabaza, con sus cinco pequeños pétalos en forma de estrella, alimento de los insectos diurnos y preámbulo de frutos ricos y nutritivos, como un abanico entre cuyos pliegues de colores veo pintados los tesoros más recónditos. Calabazas por aquí… por allí… entornadas hacia el Sol, como sacadas de un cuento infantil;  la pérgola- una muralla natural- luce sus tallos, color verde claro, trepadores, reptantes y flexibles que cuelgan, se doblan, se abrazan y se enroscan con sus oscuras hojas verdosas.  Una frase ocupaba los labios de mi madre en una afirmación: En ellos anida la libertad puesto que -de allí al Cielo- hay sólo un par de ramas, el mejor recinto para recorrer la infancia, moldear la imaginación y comenzar a otear el mundo con naciente alegría. Un legado espiritual encantador-reflexiono-. Tu riqueza son tus conocimientos-me inculcaba con sus sabias palabras-.

Todo lo siento como un sueño. Tan lejos, tan cerca. Viajo en el tiempo…no puedo creer que la niñez acabó… cómo se sentía cuando mi madre, arrodillada a mi lado, me calentaba la cama con la plancha en invierno, me colocaba paños fríos en la frente para la fiebre y yo reposaba en su regazo, me pedía que me quedara sentada quietita mientras bordaba, me llevaba a la escuela ucrania y luego, íbamos al negocio de filatelia de mi padre.  Mi abuela paterna Busha, junto a mis dos hermanas y mi primo, nos reunía en torno al capullo de la mesa y nos agasajaba con sus exquisiteces, exaltando y trasluciendo las ejemplares virtudes de la gastronomía ucrania. Sostenía la utilización de ingredientes nobles, juntando la  mente y las manos para lograr el equilibrio adecuado.

Tras el laberinto de recolección en otoño, mi madre preparaba- con las calabazas- confituras, dulces, bastoncitos asados, pellizcos de masa en leche azucarada y dorados panecillos artesanales; a decir verdad, yo estaba perdidamente enamorada de su apetitosa mermelada. Color y aroma majestuosos se unían en un abrazo vigoroso como en su Ucrania natal. Admiro su resiliencia y su entereza, tras las cicatrices poderosas y traumáticas de los conflictos bélicos vividos, costuras de la memoria y de la obligación del silencio. De su herida, creció una flor para darle fuerza mágica: la bandera argentina celeste y blanca que la cobijó ante tanto dolor con los brazos abiertos. Así como siempre amó la República  Argentina, a la vez siempre soñó con volver a Ucrania con mi padre. Conozco ese sentimiento… una dulce tristeza por lo que ya no está, que aparece en tonalidades invariablemente sepia, rosado o teñida por la luz del atardecer…sensación de añoranza por el hogar: nostalgia.

 

Los niños vienen corriendo a mi encuentro con sus rostros encendidos de rubor, secreteando entre sí y unidos en su propia complicidad, con sus cargamentos de sueños y sus poquitos años, con radiantes cazuelas y compoteras llenas de sedoso y cremoso arroz con leche y calabaza, grandioso en su simplicidad y acariciado por los sutiles sabores naturales; cada bocado, una obra de arte. Además, cestas de caña trenzada repletas de naranjas, damascos y duraznos.

Los saludo con todos los matices de la ternura, con los brazos extendidos y derretida en sonrisas de bienvenida.

-¡Hola Mis Amores!

-¡Hola Isha! ¡Mirá!  Una de tus meriendas preferidas –exclaman risueños con los ojos más tiernos y brillantes del mundo.

 

– ¡Qué delicia! ¡Magnífica sorpresa!-expreso con un gesto de elogio y placer mientras que un dulce aroma me envuelve.

La sala de estar despliega una estética emocional delicada y sensible- más allá de lo ornamental- con guiños clásicos, marcadas geometrías y un lenguaje de tonos neutros; los estantes colgantes cuentan con una colección de objetos con detalles artesanales que, a pesar de sus distintos estilos y procedencias, conviven en perfecta armonía… una maceta con diseño de amapolas en tonos de rojo y verde follaje- imágenes de los campos floridos en Ucrania en mi memoria-…fotos familiares que se miran y se huelen…una mesa con un mantel de lino blanco bordado a mano en un intenso tono obispo y mi delicioso, sencillo y saludable postre, un tributo a la cocina simple y factible- arroz con leche y calabaza  bien caliente, espolvoreado con azúcar y sazonado con canela, una presentación impecable y un verdadero almacén nutritivo- perfecto para una tarde rodeada de mis cálidos afectos. No falta la profunda y cautivante energía de la fresca y atractiva compota de damascos, escolta ineludible con acento ucranio. Momentos genuinos de intimidad.

 De fondo, con largos acordes vibrantes suena, como el susurro de un ángel guardián a mis oídos, MAM, una de las canciones más emotivas y aplaudidas del cantante, músico, pianista, compositor y escritor ucranio  Andriy “Kuzma” Kuzmenko -nacido en la Óblast (Provincia) de Lviv – dedicada a su madre con una sublime carga afectiva;  una  premiada interpretación que desplaza un aura de melancolía e ilustra su calidez. El músico italiano Alfonso Oliver, muy respetuoso con nuestra cultura, tradujo el texto de la misma a su lengua materna;  el concierto causó un deleite inigualable. Siendo Andriy vocalista de la banda de rock Skryabin, -1989- inspira, a través de sus festivales, a  generaciones de seguidores; un artista con una fuerte presencia internacional, carisma y talento extraordinarios. Su música, digna de elogios, exige ser escuchada. Asimismo, su brújula se orienta hacia una nutrida carrera actoral en el universo cinematográfico y televisivo- en calidad de presentador- que le valen audiencia y distinciones. Su grandeza estaba en pleno auge cuando a sus cuarenta y siete años de edad, una muerte trágica en un accidente de tránsito -como  un suspiro-  enmudece, con repercusión inmediata, al mundo. Su férrea personalidad y gran compromiso ciudadano son una última caricia en nuestros corazones que siguen  latiendo, mágicamente, a través de su legado musical. En el Palacio de la Cultura en la Ciudad de Novoiavorivsk ( Óblast de Lviv)- donde transcurrió su infancia e incursionó sus primeros pasos en el mundo artístico- un vistoso y colorido fresco con su rostro decora una de las paredes, en conmemoración a su reciente natalicio, así como también llamativos murales en otras ciudades tales como Odesa, donde miles de personas se juntan para homenajearlo. Asimismo, se erigieron dos monumentos  en su nombre, siendo el primero en la antigua Ciudad de Lutsk (Capital de la Óblast de Volyn). Una entrañable despedida con pétalos de flores… el recuerdo eterno de su diáfana sonrisa, como un océano de arrecifes de colores. Su nombre, en el firmamento azul, es estrella.

Andriy  Kuzmenko (17/8/ 1968-2/2/2015)

El presente año, gracias a mi tenaz perseverancia, mis humildes y modestas calabazas me sorprenden con postales de sus impecables frutos, tan dulces como aquellos años- de sonrisas inocentes-  preservados por mi memoria, con mi espíritu inquieto, subida, con los pies descalzos enredados en las resistentes ramas emparradas en el hueco de un tronco, mi lugar en el mundo.  El espectáculo más bello y extraordinario de mi infancia.

 Asimismo, a modo de práctica artística escolar participé en un concurso titulado Arcoíris, Calabazas y Colibríes hasta el Infinito; en ese micro universo presencié puntillosas esculturas, obras artísticas, originales pinturas al óleo y salas espejadas como cajitas mágicas, simulando mediante murales otras salas contiguas con escalones y zócalos dibujados con relieves, centrados en todos los ingredientes de una fantasía visual perfecta. ¡Qué prodigio de imaginación! Mi obra, una especie de danza de sombras, titulada Juego de espejos, obtuvo el segundo puesto;  custodia de mi propia reliquia, todavía la guardo como una delicada alhaja de cristal. Parece que fue ayer. Vibra de emoción mi corazón como si aún fuera niña.

                 El color naranja calabaza o naranja rojizo claro, omnipresente y luminoso, suscita sentimientos de fuerza, energía y optimismo: es el color de mi madre… el color con más aromas y sabores… el color de los amaneceres y atardeceres- cerca del murmullo de las olas- en su amplia gama cromática.

 El colibrí puede visitar entre quinientas y tres mil flores por día; el néctar que obtiene con su largo pico sabe a azúcar. No tiene capacidad de olfato; se pierde su hermoso perfume pero, su don es la observación. Cuenta la leyenda que cada vez que nos visita en nuestro jardín o ventana, en pleno vuelo, con su agilidad inigualable y con sus destellos que brillan bajo el Sol como gotas de lluvia, nos hace saber que las almas amadas nos sonríen. Simboliza una presencia; es un mensajero.

Nuestros días cambian de color con una aurora sonriente, a pesar de las circunstancias adversas y los atisbos nostálgicos.

Mi objetivo, fundamentalmente,  es inspirar.

Cada sueño, un secreto.

Cada corazón, un deseo.

Cada sonrisa, un color.

 ¿Cuál es el color de tu sonrisa?

Irene Samowerskyj

Dr. Jeremías M.Taurydzkyj  (Redactor R.C.U)

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